sábado, 27 de octubre de 2012



Arribé a Tarapoto porque me informaron que en este lugar residía mi abuelo, un tal Serapio Torres. Mi tía me lo confesó. Y yo le aseguré que viajaría para conocerlo cuando ella falleciera. La besé en la frente como juramento de que no fallaría, pues se encontraba a punto de fenecer y yo en aras de complacerla en lo que estuviese a mi alcance. “No te olvides de cumplir tu promesa - me advirtió. Le dicen Fulanito y a veces Menganito. Estoy convencida de que se llevará una gran sorpresa cuando le digas quién eres”. Por esa razón no tuve otro remedio que reiterarle mi compromiso, se lo dije y continué haciéndolo, inclusive luego de que mis dedos no pudieron zafarse de sus manos finadas que me sujetaban.




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